En la escollera (Pablo Grasso)

Por Pablo Grasso

 

 

a Carolina Rojas

 

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Ludovico Zapata me escribe que tuvo un sueño rarísimo en el que filmaban su vida como si se tratara de un largo documental. Fragmentos de su infancia y juventud pueblerina cristalizados en una sucesión aleatoria de fotos fijas en blanco y negro.

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Fragmentos de imágenes periodísticas, publicidades, viejas películas higienistas, cartas, mapas antiguos, sesiones de chat, fichas bibliográficas, muros grafiteados, pornografía extrema y catástrofes naturales.

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La voz de un narrador desconcertado tratando de darle una apariencia lógica a toda esa dispersión temporal. Me escribe, y cito sus palabras textualmente: “Todo comienza conmigo anclado en el centro de una escollera a la espera de los restos del naufragio. No sé exactamente de qué naufragio se trata, pero sé que algún día llegarán”.

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El naufragio es el de una forma particular de representación del mundo, aclara. Lo que antes resultaba prístino e inobjetable hoy se presenta como una grafía enmarañada.

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Dice que, parado en esa escollera, percibe la vibración constante de las corrientes marítimas.

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Sé que exagera pero, a veces, la hipérbole es el recurso más fácil en tiempos de pobreza conceptual.

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“Muchas tardes me quedo extático mientras el sol se hunde en el horizonte y algunos lugareños me observan en silencio. Ignoro de dónde vinieron o si llegaron del mismo modo que yo. Compartimos, sin quererlo ni buscarlo, una exigua zona de paso: una última frontera”.

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Si este fuese un documental tradicional, habría una superposición de imágenes titilantes, como las que aparecen en las viejas proyecciones en Súper 8. Un marco de referencia entendible como para que el espectador no se sienta estafado. Como en la política, la estafa en el arte tiene consecuencias nefastas. Todo arte y toda política prometen lo que, necesariamente y por ley intrínseca, no tienen: la posibilidad de una trascendencia. De ahí su majestuoso fracaso.

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Me escribe que en la Polinesia utilizaban el tatuaje como una ornamentación ritual. El tatuaje comenzaba a muy temprana edad y se prolongaba hasta que no quedase región del cuerpo libre de pigmentos. Más allá de su sentido estético, el tatuaje confería jerarquía y propiciaba el respeto comunal a quien lo llevaba: cuanto más tatuado estaba alguien, más respeto se le debía. Ludovico me confesó que estaba lleno de palabras cuyo significado ignoraba, por eso con frecuencia se sentía atrapado en la piel de un falso maorí.

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Alguien le dijo que la inmensidad de lo humano lo excedía. Caviló mucho sobre esa frase sin llegar a una conclusión tranquilizadora. “Hay palabras que operan en uno como desgarros”, me escribió. “No sé qué hacer con ciertas palabras, salvo llevarlas como un tatuaje que produce vergüenza”.

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Me manda fotos extrañísimas sobre lo que parece ser una rebelión de hormigas coloradas.

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“¿Qué es el sexo para las hormigas? ¿Su rebelión no tendrá que ver con la clarividencia de un fin de alcance planetario? ¿Por qué se agitan al punto de remitir directamente al comportamiento galvanizado de una masa disconforme?”.

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Me escribe que no está mal el lugar donde está viviendo. Si bien se trata de un lugar de tránsito, ha tratado de refaccionarlo a la medida exacta de sus obsesiones. No conoce del todo las costumbres de los lugareños, pero confía en su capacidad de adaptación. Afirma que la simpatía no es lo suyo y que siempre se ha regido por su facilidad para desaparecer y volverse una presencia incolora. Alguien de referencia mínima. “Un grado cero del ser”, escribe.

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La primera foto es la vista aérea de una fosa común. Cuesta distinguir los cuerpos apilados unos sobre otros, a tal punto que la imagen deviene pura abstracción. Ludovico escribe: “Alrededores de la S-21, centro de torturas en Nom Pen”.

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Y la segunda es sobre una excavación realizada en el cementerio de San Roque de Puerto Real, en Cádiz. La espalda del antropólogo en pleno trabajo de exhumación se superpone con un esqueleto en decúbito dorsal.

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Admito no entender qué quiere decirme con esto o si en estas referencias hay una especie de mensaje cifrado. Es como la imagen onírica de una puerta cerrada en medio de un prado. Algo indescifrable.

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A veces, la amistad o el amor son el producto de una sucesión involuntaria de incomprensiones.

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Me manda una foto en donde aparece una sucesión de blísteres vacíos. Dice que es un homenaje al golpe de Estado que le dio su propio cuerpo. Los círculos de plástico forman un extraño artefacto, cuyo funcionamiento no logro comprender del todo. ¿Se trata de una rara forma de expresión artística cogestionada entre el azar y la poderosa industria farmacéutica? ¿A qué se refiere Ludovico cuando habla de “golpe de Estado” y por qué insiste en mandarme, con insistencia maniática, fotos de los jemeres rojos entrando victoriosos en Nom Pen, o de la caída de Madrid en el 36?

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Primer plano sobre unas fotocopias. Título: La percepción del cambio. Autor: Henri Bergson. Contexto: Conferencias dadas en la Universidad de Oxford, 26 y 27 de mayo de 1911. Subrayado: Hay cambios, pero no hay, bajo el cambio, cosas que cambian: el cambio no tiene necesidad de soporte. Hay movimientos, pero no hay objeto inerte, invariable, que se mueva: el movimiento no implica un móvil.

 

2017

 

 

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